Hoy quiero hablar de una verdad incómoda: la mentira que nos contamos para sentirnos seguros.
Esa pequeña historia que repetimos para convencernos de que « esta es la manera correcta », la receta que siguieron nuestros ancestros y que « funcionó». O, por el contrario, la receta que siguieron tus padres y que no les dio los resultados esperados, por lo que tú « debes » hacerlo distinto, « mejor », para no repetir su historia. Y, por supuesto, tu propia familia es la primera en empujarte a hacer las cosas « bien ».
Cuántas « » ¿no?
Expectativas familiares y sociales
Pero… ¿quién dijo qué camino es mejor o peor? ¿Quién garantiza que uno dará más seguridad que el otro?
Nos dicen que ciertos trabajos o carreras son más seguros, que con ellos ganarás más dinero y tendrás estabilidad.
Que si estudias « lo correcto », tendrás empleo toda la vida y no tendrás que preocuparte de nada más que trabajar y producir.
Y así, miles de personas eligen una carrera convencidas de que es una inversión para su futuro, un camino seguro hacia el crecimiento profesional, reconocimiento y estabilidad económica.
Pero un día, a veces de forma paulatina, a veces de forma brutal, te das cuenta que esa seguridad era una ilusión.
La ilusión de la seguridad
- Ese trabajo que te iba a dar estabilidad… lo perdiste.
- Esa materia para la que estudiaste tanto… no la aprobaste.
- Esa carrera universitaria… ya no sirve, ahora te piden otra cosa o ya ni te interesa.
- Esa casa que soñaste comprar… cada vez está más lejos.
- El hogar con la estufita de leña, tres cuartos y dos gatos… no existe.
- Esa idea de que la seguridad viene de afuera, de algo o de alguien… tampoco es real.
Entonces, me pregunto:
¿Qué es real?
Ojo al piojo: no estoy descubriendo la pólvora acá. Esta pregunta existe desde los orígenes mismos del ser humano; Platón ya la planteaba en su famosa alegoría de la caverna. Pero es una pregunta que no tenemos que dejar de hacernos nunca, pues es lo que define nuestra percepción, nuestra conciencia y nuestra manera de movernos por la vida… Lo explico mejor con una imagen:
« Estás caminando por un bosque y una gota de lluvia cae sobre tu dedo. La miras de cerca y descubres un nuevo universo entero dentro de ella: formas redondeadas, árboles reflejados con distintas hierbas coloridas mezcladas, como si existiera otro mundo dentro de esa misma gota. Esa gota es real, tanto como lo que vemos con nuestros ojos y tanto como lo que nos rodea. Todo es real y, a la vez, deja de existir. La gota sigue su camino por tu mano hasta fundirse en tus poros. Ya no está, pero ahora forma parte de ti.»
¿Qué tengo que hacer para sentirme firme en la vida? ¿O qué no tengo que hacer?
Una respuesta simple pero poderosa
Me hice estas preguntas, y llegue a una sola respuesta posible:
- Yo tomo mis decisiones.
- Yo hago los cambios.
- Yo me sostengo en este mundo.
- Yo soy quien camina.
- Yo soy quien piensa.
Entonces, ¿no es lógico decir que yo misma me doy la seguridad que necesito para transitar por la vida?
La simplicidad que olvidamos
Después de desarmar estas palabras, comienzo a entender: todo es más simple de lo que parece.
La vida no es un rompecabezas imposible, pero nos encanta complicarlo. Nos encanta destruir para volver a construir, una y otra vez.
Tal vez porque es en ese ciclo donde aprendemos quiénes somos realmente.

Deja un comentario