Cada vez que tenemos una duda, sentimos curiosidad o en medio de una conversación no recordamos una fecha o un nombre, lo primero que hacemos es buscar la respuesta en el teléfono. Pero, ¿qué pasaba cuando no existía el teléfono?
Antes, teníamos que reflexionar, preguntar a otros o consultar libros para encontrar una respuesta. Si teníamos suerte y contábamos con una enciclopedia o un libro relacionado con el tema, buscábamos pacientemente en el índice, nos permitíamos navegar en la curiosidad y en la impaciencia.
Hoy, todo se resume en una respuesta instantánea de un robot o una inteligencia artificial como ChatGPT. Incluso cuando nos sentimos bloqueados creativamente, sin inspiración para escribir una carta de motivación o sin ganas de hacer los deberes, recurrimos a la tecnología.
Entonces, ¿cuándo realmente nos volvimos dependientes de las fuentes de información digitales?
La verdad es que esta dependencia no es nueva: el ser humano siempre ha buscado respuestas. En el pasado, los cantores y narradores contaban historias y hazañas heroicas que eran, en cierto modo, los noticieros de su tiempo. Siempre hemos necesitado una fuente de información que nos conecte con el conocimiento.
Entonces, ¿qué nos impide ahora dejarnos llevar por nuestra ignorancia? Permitírnos decir: «no lo sé, pero quizá sea esto…» o «me imagino que podría ser por esto, ¿vos qué pensás?».
¿Será que tememos a nuestra propia capacidad de reflexión?
¿O que la comodidad nos ha vuelto perezosos, sirvientes de las máquinas que creamos?
Quizá hoy estamos tan enfocados en los resultados, que hemos olvidado el valor del proceso, del camino, del recorrido del pensamiento.
Este artículo comienza con una pregunta, pero termina con otra aún más profunda:
¿A qué le tenemos miedo?
Si soy sincera, creo que nos tememos a nosotros mismos. Nos asusta nuestra propia naturaleza y las capacidades que poseemos, porque intuimos que hay algo que no estamos haciendo bien.
El cambio, sin embargo, siempre comienza por uno mismo. Si las fuentes de información cambian, nuestra realidad también cambiará. Y cuando cambia la realidad, cambian los medios, los mensajes y nuestra forma de evolucionar.
Hoy, el medio ya no es el mensaje. Hemos llegado a una era donde el mensaje es el medio, y el medio es la transformación, la evolución.
Tener miedo a nuestra propia realidad es negarnos la posibilidad de evolucionar una vez más.

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