No soy constante. No termino lo que empiezo. No continúo lo que ya comencé.
Y ¿sabés qué? No tengo miedo a decirlo.
Durante mucho tiempo me presioné. Me repetí que debía ser más disciplinada, más organizada, más “constante”. Me sentí no suficiente, incapaz y hasta poco inteligente. Me convencí de que debía terminar todo lo que había abandonado, creyendo que la recompensa final justificaría el sufrimiento del camino.
Busqué respuestas en todos lados: vídeos sobre procrastinación, ansiedad, motivación personal… pero cuanto más consumía, menos hacía. Sentía literalmente cómo mi cuerpo se hundía más en la sillón mientras mi mente seguía buscando inspiración sin actuar.
Entonces me hice una pregunta simple pero poderosa:
¿Cuánto consumimos cada día… y cuánto realmente hacemos con eso?
¿Cuántas noticias, tutoriales o vídeos ves al día?
¿Y cuántas veces transformás esa información en acción real?
Podés ver 200 vídeos de cocina y 300 fotos de tortas en Pinterest, pero si no encendés el horno, ¿de qué sirve?
Podés ver mil vídeos sobre empatía y justicia, pero si no ayudas a alguien, ¿dónde queda esa intención?
Estamos en una era donde la proliferación de contenido nos mantiene activos mentalmente… pero pasivos en la acción.
Nos volvimos constantes, sí, pero constantes en una rutina sin sentido ni propósito.
Ya no podemos culpar al algoritmo, al sistema o a los demás. Todo depende de nosotros: de dejar de consumir sin propósito, de empezar a crear desde el alma y de aceptar nuestra verdad sin máscaras.
Hoy, lo digo sin culpa:
Sí, soy inconstante.
Pero prefiero esa inconstancia honesta, antes que ser constante en producir contenido vacío, sin alma y sin sentido.

Deja un comentario