Un lluvioso 23 de abril

Últimamente me siento vacía, vacía de dolor y de miedos. Consideraría esto como un momento de limpieza, de liberación de emociones y de descontracturas. Las tensiones relajadas permiten que nuevas experiencias ocurran en el futuro, y que con nuevos ojos las pueda vivir.

Recordando que una vez fui una niña, sentí una compasión y respeto por mi misma, una admiración que nunca pude tener en el presente. Mirarnos de niños es a veces más fácil que mirarnos de adolescentes o de adultos, tiene una inocencia en lo que hacemos y sentimos que permite que nuestra mirada no sea llena de odio y resentimiento. 

¿Pero qué pasa con ese adolescente? ¿O ese adulto que soy el día de hoy? ¿Por qué no me puedo mirar con amor, con ternura, como quien toma una acción desde la inocencia de un niño? ¿Qué cambió?

Ya soy más alta, tengo alguna que otra arruga, más cicatrices, más vergüenza, no tan virgen y más tristeza. Sentí envidia, sentí orgullo, sentí enojo, sentí incluso una necesidad muy fuerte de alejarme y de estar sola. ¿Y porque todo eso hace que me rechace? ¿Será la comparación con los otros?

Pero si los otros tienen incluso las mismas cicatrices que yo. Una víctima y el atacante, el atacante y la víctima, que juego vicioso en el que nos hemos sumergido. 

El culpable y el inocente, el malo y el bueno, la cólera y el amor, el caos y el orden.

¿No son aquellos dos lados hechos para poder hacer girar la rueda? 

Me recuerda a la carta del tarot, el carro, donde hay dos caballos que tiran del mismo. Cada caballo es igual a simple vista, pero al verles su mirada son muy distintos. Pues cada uno tira de un lado distinto del carro, cada uno tiene una rueda distinta por detrás, y eso hace que la actitud de cada caballo no sea la misma, por lo tanto su mirada va a cambiar para poder mantener el equilibrio del carro. 

El equilibrio necesita de sus opositores para poder mantenerse estable, y la inestabilidad forma parte de su naturaleza, su propio origen.

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