Típico que cuando uno pierde las llaves entra en una ansiedad y crisis inexplicable, y más cuando son las llaves de un Airbnb. Siendo que justo estaba en una zona de la ciudad totalmente desconocida para mi, en el medio de un estacionamiento y tratando de colocar la mochila con las compras en el canasto de mi bicicleta (como si no fuese poco, en el supermercado estaba de oferta la planta de Romero, y decidí llevarme una, claramente no había pensado que mi vehículo era de dos ruedas y tenía las bolsas con las compras). Entre que quitaba la mochila del canasto, las bolsas ya atadas en el manillar, revolviendo todos los bolsillos existentes…el fuerte latido de mi corazón me invitó a detenerme.
Y en ese momento me hablé a mi misma y me dije: «Todo es una decisión. Podés entrar en la ansiedad de siempre, o podés tomarlo como una aventura».
Estando lejos de mi país, en un lugar donde no hablan mi idioma y ni tampoco tienen el mismo humor. Solía estresarme y alejarme, lo cual se me hacía muy fácil y lo tenía normalizado, ya no me generaba tristeza ni amargura. Pero hoy, elegí distinto.
Me aventuré a hablar con la gente, incluso con mi francés pobre y de pronunciación catastrófica. Me hice entender, ayudándome de mis gestos exagerados y mi cara de « pobre extranjera que perdió las llaves ». Recorrí distintos sectores del supermercado, entablé conversación con los guardias de seguridad, e incluso terminé hablando sobre mi viaje con la cajera. Hasta la propia supervisora me pidió mi número de teléfono por si acaso encontraban mis llaves.
Pero lo más interesante, es que en el proceso de la búsqueda, ya ni me importaba si encontraba las llaves o no. Ya había logrado algo a lo que no me atrevía hace mucho tiempo, y eso tenía más valor que las propias llaves. Me abrí a la experiencia, salí de mi burbuja, me encontré a mi misma en las conversaciones que iba teniendo. Me escuché y escuchaba, observaba con otros ojos. Decidí confiar una vez más en lo desconocido, en lo « no cómodo ».
Y luego cuando regresaba a mi bicicleta, a mi nueva planta de Romero y a la mochila cargada, me di cuenta que los momentos más difíciles, esos momentos en los que no podemos más, cuando ya queremos rendirnos y desaparecer en un agujero, podemos aún elegir. Capaz que la situación no puede cambiar, pero sí tu actitud, e increíblemente eso lo termina cambiando todo.
Al día siguiente, las llaves me estaban esperando en el pequeño bolsillo del costado de mi mochila. Aún no sé cómo llegaron allí.

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